lunes, 20 de febrero de 2017

Lunes, 20 febrero


Estoy un poco harta, la verdad. El año pasado fue horrible, así que esperaba que acabara de una vez por todas.

El 2017 no es que se estrenara precisamente genial, pero vamos, que yo seguía optimista. En lo que llevamos de año ha muerto una persona muy cercana a la familia, mi hermana ha empeorado (la verdad es que nadie esperaba que pudiera pasar de las navidades, pero ahí sigue, peleando), mi padre ha sufrido un percance que casi le deja sin un ojo, mi nano está cada vez más vago, he tenido un catarro que ha durado más de un mes....

Así que hoy he dicho "basta". Pasan cosas malas, sí. Pero no sólo me pasan cosas malas a mí, hay muchísima más gente que está peor que yo. Basta de pensar en lo malo, así que a buscar lo bueno, sea poco o mucho. Y me he puesto las pilas en el gimnasio. Que aún no estoy recuperada del todo, pero no voy a dejar que nada retrase mis metas.

También he decidido que antes de finales de marzo las guitarras de Carlos ya no estarán en casa. Bien porque encuentre a alguien que las quiera comprar o bien porque las done al centro Reto en caso de no encontrar comprador antes de la fecha que me he marcado.

También me harté de mi miedo al garaje. Así que metí el coche en la plaza. Una plaza amplia, sin muchos problemas. Lo malo fue sacarlo, que casi me quedo empotrada entre una columna y otro coche que estaba pacíficamente aparcado en su plaza. Así que en un par de días o tres, me pondré a practicar la entrada y salida del garaje.

Ha vuelto mi insomnio. Pues genial, más tiempo para leer y ver cosas que tengo en lista desde hace eones. O para lo que vaya surgiendo, me da igual.

Me he hartado, me he enfadado y no quiero volver al pesimismo. Si este año empieza mal, habrá que intentar sacar lo poco bueno que quede. Y si mejora, pues mira, estupendo. Estoy harta de lloriquear por las esquinas. Si luce el sol, a secar bien la ropa y si llueve, a saltar en los charcos. Yastabien!

sábado, 18 de febrero de 2017

Recordando el costurero



El costurero de mi madre era de mimbre, forrado por dentro con una tela a pequeños cuadros blancos y rojos, la misma con que estaba forrada la tapa. Al abrirlo, se veía una pieza de madera roja, como un cajoncito que ocupaba toda la superficie del costurero, con varios departamentos diminutos: uno para el dedal, otro para las agujas, otro para trocitos de espuma verde que aún no sé para qué se utilizaban. Había incluso un trozo de tiza, pero no de las de pizarra escolar, sino una lasca de tiza verdosa. Y es curioso, porque mi madre en la vida ha dibujado ni cortado patrones.

Las agujas estaban metidas en algo muy semejante a los blisters en los que venden las minas de los portaminas. La mitad era transparente y la otra mitad, la que se abría, de color azul claro. Había un buen montón de agujas, de diferentes tamaños.

Al sacar esa primera pieza de madera roja, aparecía el fondo del costurero, lleno de "por si acasos". Retales de distintos tipos y colores de tela, trocitos de cenefas, carretes de hilo de colores casi imposibles... y lo que yo consideraba el mayor tesoro: botones.

Había cientos de botones, la mayoría procedentes de camisas y abrigos que fueron convertidos en trapos. De todos los tamaños, formas y colores. Con dos y con cuatro agujeros. Planos, con rebordes, con formas geométricas...

Me pasaba horas jugando con ellos. A veces jugaba a las familias, reunía varios grupos con un botón enorme que era el padre, otro un poco menor, que era la madre y distintos tamaños que eran los hijos. Y a partir de ahí, hacía que jugaran entre ellos, que se enfadaran, que hicieran fiestas de cumpleaños...

Otras veces jugaba a los clanes. Bueno, yo no sabía lo que era un clan por entonces, pero agrupaba a los botones en clases: los del tipo camisa por un lado, los de tipo fantasía por otro, los desparejados por otro... Y jugaba a relaciones internacionales entre ellos, porque cada uno vivía en una esquina diferente de la mesa del salón. En esa superficie sucedían alianzas, guerras, trampas y todo lo que se me ocurriera.

Las menos de las veces, jugaba a las joyas. Enhebraba una aguja con un hilo de color llamativo e iba ensartando botones, formando pulseras y collares que indefectiblemente, acababan rompiéndose y diseminando las piezas por todo el suelo del salón.

Porque en mis años de infancia jugaba en el salón. De rodillas en el suelo, entre uno de los dos sofás individuales y la mesa. Era una mesa bajita que se podía subir y transformar en una enorme mesa donde comer o cenar en ocasiones muy especiales, como las Navidades o algún cumpleaños. Porque sí, por entonces los cumpleaños se celebraban en casa, con tortilla, patatillas, frutos secos, zumos, medias lunas con embutido y tarta casera. Ah, y los refrescos, que eran el no va más.

Era la época en que en televisión sólo había dos cadenas, que verla en color aún era una novedad. Y en la que el salón y la cocina eran los núcleos familiares. Comíamos todos juntos, la mayor parte de la conversación la llevaban mis padres, hablando de "cosas de mayores". A veces nos preguntaban sobre el colegio o alguna cosa nuestra, pero eran las menos. Afortunadamente. Porque enseguida te podías meter en un lío si te ibas de la lengua.

En el salón pasábamos las tardes de los fines de semana, mis padres y mis hermanos sentados en los sofás y yo en la alfombra. Me encantaba sentarme en el suelo, no sé porqué. Veíamos El hombre y la tierra, La casa de la pradera, Heidi, Marco, La abeja maya... Sí, todos, incluso mis padres veían los dibujos animados también.

A veces enviaban a mi hermano a la churrería que habían abierto justo frente a nuestro portal, para que comprara una bolsa enorme de patatillas, hechas por ellos. Y mi madre las ponía en un par de platos, para que todos alcanzáramos fácilmente.

Con el paso de los años, mis hermanos se casaron y tuvieron hijos. Ahora en la cocina sólo comíamos mis padres, mi hermano pequeño y yo. Y las cosas seguían igual, simplemente había un tema más de conversaciones "de mayores", que era hablar de cómo les iban las cosas a mis hermanos mayores.

Los sábados y domingos se acortaron las horas de televisión porque mis hermanos venían de visita y entonces mi madre se ponía a hacer tortillas gigantes y croquetas enormes, para que comiéramos todos y para que mis hermanos se llevaran las sobrantes "porque así ya no tenían que hacer cena". La verdad es que ni tenían que hacer cena ni casi comida al día siguiente. Mi madre cuando cocina con vistas a que sobre para que la gente se lleve a casa, lo hace a lo grande.

Me pregunto qué ha sido del costurero de mi madre. Conociéndola, seguro que estará en algún rincón escondido del salón, tal vez aún con retales, hilos y botones mezclados.


Tatuajes


Hoy ha sido un día completito. Primero, he ido a hacer otra ecografía. Iba preparada para pasar un par de horas de espera, con mi lector de libros bien cargadito de batería y de títulos. Me senté en una esquinita tranquila y me dispuse a esperar.

Pero tuve suerte. De toda la enorme cantidad de personas que había esperando, sólo una se había molestado en leer las instrucciones para hacerse la ecografía. Y es que tenían que ir con la vejiga llena, a punto de hacerse pis. Y sólo una de las personas allí presentes iba preparada, con lo que en lugar de esperar el par de horas de rigor, sólo tuve que esperar unos minutillos de nada.

Afortunadamente para la ecografía que tenía que hacerme, no era necesario tener la vejiga llena, así que incluso esos minutos de espera fueron cómodos.

Al estar de vuelta, aproveché para comprar el par de cosillas que me faltaban para el disfraz del nano y... visitar el centro de tatuajes y piercings que me recomendaron en el gimnasio.

Pasé un rato largo allí, a pesar de que llevaba las imágenes de lo que quería. Hubo que ajustar tamaño, lugares y grosores de trazo. Y mi sorpresa fue ver que, a pesar de que el horario de trabajo era de once de la mañana a nueve de la noche, no había una hora libre... hasta el nueve de marzo!. Pues me la agencié, claro, con lo que el nueve de marzo a las siete de la tarde estaré siendo tatuada.

Al final serán cuatro. Los tres "míos" y uno por mi hermana. Los "míos" estarán tapados. El de mi hermana estará a la vista. Las primeras personas en verlo seremos el tatuador y yo. La siguiente persona, será mi hermana (le enviaré una imagen por whatsapp, después de todo, me lo hago por ella y quiero que lo vea y se lleve la sorpresa), después lo verá mi nano y después tú, en cuanto (o si ) te asomes por aquí.

El de mi hermana me lo iba a hacer en el canto de la mano, pero me dijeron que mejor no me hiciera ninguno ahí, porque con el tiempo habría que repasarlos  y que mejor lo hiciera un poco más hacia el brazo, a la altura de la muñeca.

Buscando información sobre tatuajes, me encontré con esto:







Sé que suena a mucho, lo de que sean cuatro, pero serán pequeñitos. Hay dos que serán un poco más grandes de lo que tenía pensado, pero tendrán el tamaño mínimo para que queden bien hechos.

Espero que no duela mucho :)

miércoles, 15 de febrero de 2017

Poema para mañana


Este jueves

Este jueves depende de tu boca.
Debes cuidarlo igual que un parque a un niño,
como cuida el otoño cada hoja
y le procura el aire necesario
para que se reúna con las otras.

Mira este jueves. No lo sabe. Míralo
acercarse a nosotros entre sombras.
y ocupar la ciudad como un ejército
que no pensara nunca en su derrota.
Será jueves en todo. Está de paso
pero quiere vivir de luces propias.
Entrará en la oficina de mañana,
a mediodía contará sus horas
y se quedará al norte de las cartas
que desde que se escriben son remotas.
Mira cómo se acerca hasta nosotros:
viste de azul y herencias sigilosas,
establece su número y su luna
¡el tiempo siendo jueves en las cosas!

Cuídalo tú que puedes, no le dejes
que tal día haga un año en la memoria.
Mira cómo se acerca a la ventana
sin saber que depende de tu boca.

Para pasar un día con nosotros
ha salido este jueves de sus sombras.

Manuel Alcántara


Porque mañana es jueves. Y porque tenemos tendencia a olvidar que todos y cada uno de los días son únicos, irrepetibles...

Soluciones caseras



martes, 14 de febrero de 2017

Humor de amor




Pensamientos inconexos de los míos


Puedes saltarte esta entrada, si me conoces ya sabes que se avecina un batiburrillo de cosas sin mucho hilo y con poco sentido.

¿Recuerdas mis propósitos mensuales? Los de enero no pude cumplirlos debido al atroz catarro que se adueñó de mis pulmones, bueno, de mi sistema respiratorio en general. Eso supuso que los trasladaba a febrero.

Y así fue. Intenté un día guardar la ropa de Carlos en sus bolsas de viaje y no fui capaz. Pero tengo que cumplir los propósitos que me he planteado, así que al día siguiente lo hice, de una forma un tanto mecánica y sin pararme a pensar demasiado. Un propósito cumplido. De su ropa sólo queda una bufanda, que quiso tener mi nano y un par de calcetines desparejados, porque mi lavadora, como todas las de su especie, es especialista en hacer desaparecer calcetines.

Quedaba, pues, el propósito del gimnasio. Lo retomé ayer. Y es como volver a empezar de nuevo. Yo iba tan feliz en plan mi hora de cardio y después tres ciclos de quince en las máquinas de ejercicio anaeróbico, y resulta que tras los primeros quince minutos de calentamiento me pongo en "plan serio" y tengo que bajar la marcha porque me da un patatús. He perdido un montón de tonificación. Así que todo quedó en una hora de cardio muy suave y dos series de quince pero sólo en el tracto superior.

Y hoy ha sido peor. A la media hora de cardio suave ya estaba mareada, me recordó mucho al primer día de catarro, así que hice un cuarto de hora más y me vine para casa. Me parece que ese propósito, el de dos horas diarias de gimnasio, tendrá que quedar para marzo y lo que queda de este mes trataré de alcanzar el punto en el que lo dejé en enero.

Mi querido compañero de fatigas, el insomnio, parece haber vuelto para quedarse una temporada. Lo bueno es que ha decidido no machacarme demasiado y por ahora me deja dormir, eso sí, después de unas horas de dar vueltas, lo suficiente para rendir el resto del día.

Y hoy es el día de los enamorados. Al salir del gimnasio me encontré un grupo de mujeres con una rosa en la mano y una sonrisa en la cara cada una. Me remito a la entrada de san Papurcio 2017 y te repito que el mejor regalo de amor es el vivirlo día a día y superar los baches juntos, aunque cueste.

Hace unos años trabajé dando clases en una academia. Una de mis clases era con alumnos de segundo de bachiller, de unos 16-17 años. Entre ellos estaba una muchacha guapísima, dulce y simpática, la típica que "tiene donde elegir", como se suele decir. Y siempre hacía lo mismo por estas fechas: se echaba un "novio" unos días antes de san Valentín y lo tenía hasta unos días después. Todo por tener pareja este día y sobre todo, por el regalo, por supuesto.

Ella era una adolescente y todos sabemos o recordamos que hay cosas que en esa época de nuestras vidas son básicas, que se toman muy a la tremenda. Pero hay adultos que sienten algo parecido. Personas que asocian el estar bien, el triunfar en la vida con el hecho de tener pareja. Y yo creo que la felicidad, si existe, está en nosotros mismos. Está claro que el entorno influye. Que si la gente que aprecias está bien, te será más fácil sentirte bien tú. Y al contrario. Pero la felicidad es algo muy subjetivo, muy propio. No está en manos de otra u otras personas, si no en nuestra capacidad de sentirla.

Porque yo realmente no creo en la felicidad, creo en los momentos felices. Para mí un momento feliz es ese instante en que sientes que nace en tu interior una paz, una alegría, un algo, una energía si quieres llamarla así, que hace que te ilumines por dentro y sientas mucha paz.

En mi caso, esos momentos felices suelen hacer aparición con cosas muy nimias, como por ejemplo una bonita puesta de sol, o una flor, o saltar sobre los charcos de lluvia, o ver las estrellas brillar por la noche... No siempre que veo o vivo algo de eso se produce un momento feliz, son pocas las ocasiones en que me siento así. Pero es una sensación increíble. Quizás por eso no creo en la felicidad, porque no creo que haya cuerpo capaz de "aguantar" un sentimiento tan fuerte, por muy bonito y positivo que sea, de una forma contínua.

Y en esos momentos estoy yo, percibiendo algo que no es la primera vez que veo ni que vivo, pero que en ese momento se convierte en especial. No hay una pareja, un familiar, un vecino, un actor o actriz, una joya, un coche o lo que sea. Sólo yo y mis sentimientos en ese momento. Y es por eso que creo que la felicidad está dentro de cada uno.

Después está el estar contento, a gusto, sentirse bien. Ahí sí que influyen más las personas y el entorno. Y creo que ese sentimiento mucha gente lo llama felicidad. Es complicado, porque cada persona siente de una forma distinta.

Hace un año por estas fechas, estaba en la sala de urgencias del hospital Juan Canalejo. Pronto hará un año de la muerte de Carlos. Y entiendo mejor la antigua costumbre de llevar el luto durante el primer año. No por llevar luto, porque la ropa al fin y al cabo no importa, importa lo que se siente. Es por lo que sucede durante ese primer año. Es el de las primeras veces. Primeras veces de cosas que se "pierde", como los cumpleaños, las nuevas temporadas de sus series y programas favoritos... pero también mis primeras  veces, como la primera vez que sonreí de verdad, la primera canción que me hizo mover los pies y hacer un poco el ganso... Es un ciclo, un arranque sin esa persona. Y conste, aún faltan muchas más primeras veces, pero el primer año está todo mucho más presente.

Y se acerca el carnaval. No me gusta disfrazarme, nunca me ha gustado. Y a mi nano le ocurre lo mismo, sólo que él tiene que hacerlo en el colegio. Este año los niños y niñas de su curso irán de tiroleses. Así que tengo que comprar un par de metros de cenefa bonita para coserle unos tirantes a un pantalón corto, comprar un sombrero con una pluma o algo similar y unas medias blancas. En casa tenemos una jarra típica de cerveza, de esas de vidrio grueso y asa grande. Le he pegado parte de un folio amarillo por dentro y el día anterior al de los disfraces, le pegaré por encima una nube de algodón para simular una jarra de cerveza. Sé que tanto el gorro como la jarra no volverán a casa porque los perderá a saber dónde. Y también sé que aunque no le guste disfrazarse, al estar en medio de los otros niños, al menos pasará un buen rato.

Así que mañana si no llueve, tocará ir a comprar esos detalles que faltan.

Me han pasado una receta para hacer masa de pizza, a ver si me acuerdo de comprar la levadura fresca e intento hacerla uno de estos días, ya te contaré qué tal me va.

Ultimamente no hago más que escuchar dos canciones de Maroon 5,  Sugar y Payphone. Sí, se me ha dado por ahí, no sé el motivo.

No suelen gustarme los tatuajes, sobre todo cuando son muy grandes o muy cantosos, pero estoy pensando en hacerme tres. Sí, tres. Pero pequeñitos y que casi nadie verá. Y no, no te pongas a pensar en sitios muy ocultos, simplemente me los haré en sitios que suelo ver sólo yo, porque si los hago, es por y para mí. Y chiquitines. Una de mis sobrinas tiene brazos, piernas y espalda llena de tatuajes enormes, a ella le encanta. A mí no. En mí, claro, cada uno que haga de su capa un sayo. Y para que te hagas una idea de cómo funciona mi mente: te hablé de Maroon 5, su vocalista, Adam Levine, tiene montones de tatuajes y algunos bastante cantosos, así que de ahí pasé a pensar en mi sobrina y de ahí en mis supuestos futuros tatuajes. Y después en contártelo, porque a ti te cuento casi todo. Casi.

En lugar de pasarme el día con rulos, bata de guatiné (o como se escriba), comiendo bombones y leyendo novelas rosas, me pasaré parte de la tarde haciendo ejercicios de polinomios y otra con la gramática del gallego. Esta noche me resarciré en forma de películas basadas en novelas de Jane Austen, posiblemente.

No haré entradas sobre ellas porque están más que reflejadas en el blog.

Y hasta aquí esta entrada, que ya me estoy yendo de las teclas y contándote demasiado.

Por cierto, no es porque sea san Valentín, pero... te quiero y eres muy importante en mi vida.